Las grandes transformaciones en materia de derechos rara vez comienzan en los códigos o en los tribunales: comienzan cuando una sociedad decide dejar de aceptar como normal una injusticia.
Antes de que el Derecho reaccione, suele producirse algo más profundo: una sociedad toma conciencia de una realidad que durante demasiado tiempo había permanecido invisibilizada o normalizada.
Así ocurrió con el machismo.
Durante décadas —incluso siglos— muchas situaciones de desigualdad hacia las mujeres fueron aceptadas como parte del orden social. No siempre se identificaban como una discriminación. Fue necesario un largo proceso de toma de conciencia impulsado por el movimiento feminista para nombrar esa realidad y situarla en el centro del debate público.
En ocasiones, ese proceso encuentra momentos de inflexión. En el ámbito internacional, el movimiento #MeToo marcó un punto de ruptura al visibilizar de forma masiva conductas que durante demasiado tiempo habían sido silenciadas. En España, episodios como el caso conocido como “La Manada” provocaron una reacción social que obligó a mirar de frente una realidad que ya no podía seguir interpretándose con los mismos parámetros culturales de décadas anteriores.
Aquellos momentos no fueron solo episodios mediáticos. Fueron puntos de conciencia colectiva. A partir de ellos, la sociedad empezó a identificar con mayor claridad determinadas conductas como inaceptables. Y, como tantas veces ocurre, el Derecho comenzó también a reaccionar.
La historia de los derechos muestra que muchas desigualdades permanecen invisibles hasta que una sociedad decide mirarlas de frente.
Hoy quizá estamos ante una situación parecida respecto al edadismo.
Durante mucho tiempo, determinadas formas de paternalismo, invisibilidad social o lenguaje despectivo hacia la vejez han sido toleradas con relativa normalidad. Muchas veces ni siquiera se identifican como lo que son: una forma de discriminación por razón de edad.
El edadismo sigue siendo, en gran medida, una discriminación silenciosa que todavía muchas veces ni siquiera reconocemos como tal.
Por eso surge una pregunta inevitable:
¿Cuándo llegará ese momento de conciencia colectiva frente al edadismo?
¿Cuándo la sociedad reaccionará con la misma claridad frente a la discriminación por edad que ha demostrado frente a otras formas de desigualdad?
Modestamente, empiezo a percibir algunos signos esperanzadores. En el asociacionismo de las personas mayores se observa cada vez con más frecuencia una voluntad de alzar la voz frente a situaciones de discriminación o falta de respeto. Quizá estemos ante los primeros pasos de una toma de conciencia colectiva que podría resultar decisiva.
Porque la historia demuestra algo importante: los derechos avanzan cuando quienes sufren una discriminación deciden no callar más y la sociedad empieza a escuchar.
Por eso mi invitación a las personas mayores y a sus organizaciones es clara: sed valientes, sed firmes y no calléis nunca ante ninguna forma de edadismo. Denunciad siempre cualquier vulneración de vuestra dignidad o de vuestros derechos.
Muchos juristas y profesionales del ámbito de la gerontología estaremos a vuestro lado.
Aquí tenéis siempre un aliado.
Ninguna sociedad democrática puede permitirse normalizar la discriminación por razón de edad.
Los derechos no desaparecen con la edad.
El Derecho los garantiza.
El abogado los defiende.. 💪💚